Los zapatos de baile
(Teo Basterra)
Era el jueves de carnaval. Marcos Muñiz era un hombre joven, dotado de una rara elegancia y virilidad de carácter. Fijó los ojos atentamente en la hermosa criatura que bailaba flamenco en el Salón Japonés de la Calle Alcalá. Era entonces una chica muy joven, casi una niña, cenceña y nerviosa, de cabello muy oscuro y un rostro de suprema blancura. Ojos verdes, grandes, dibujados entre negras pestañas; tal como eran llenaban su rostro con la luz de su belleza. Salía vestida de gitana: traje, pantaloncillos, medias y zapatos. En el pelo flores rojas. Una llamarada. Rompió a bailar. Marcos quedó inmóvil. Las serpentinas del vestido volaban hacia arriba y hacia abajo, llovían sobre el escenario, y los pies, diminutos, se movían con la apasionada adolescencia de una chiquilla. Todo era furor y vértigo.
Marcos se creyó en el deber de saludar a quien había conmovido su corazón, y solicitó permiso para hablar con ella.
Carmen estaba realizando su primera gira y permanecería en Madrid cuatro días más, lo que dio la oportunidad a Marcos de asistir a todas las actuaciones. Este fue el inicio de un idilio en el que Carmen aportó cuanto de adoración cabía en su exuberante juventud. Marcos se reconocía profundamente deslumbrado, enamorado, ante aquel rayo de luz, flor y carne femenina que había llegado a él.
Cada noche se reproducía la escena. Marcos agotó el camerino en una batalla de flores, de palabras hermosas, de promesas infinitas, y la joven no apartaba sus ojos de él aturdida en románticos sueños. Evocaba claramente un brillo de felicidad en sus ojos, y también un miedo incesante a que todo concluyera cuando tuviera que marcharse de Madrid.
La despedida fue breve. Le prometió visitarla en cuanto sus negocios se lo permitieran, pues debía cerrar un contrato importante. Le entregó un paquete a modo de obsequio y le hizo prometer que iría con aquello allí donde fuera. Y mientras el tren se alejaba despacio, ella, asomada a la ventanilla, lo seguía con los ojos tristes e ilusionados de una tiernísima novia.
La madre de Carmen le acompañaba siempre en sus viajes, y acogió el casi infantil idilio con afable complacencia.
—¡Pero, hija! —le dijo, —¿No vas a abrir la caja?
Nerviosa, y con cuidado de no romper en exceso el bello envoltorio, abrió despacio la caja. Unos zapatos de baile, negros, con un bordado en rojo que los rodeaba, de tacón y correa, muy brillantes, relucieron al apartar el fino papel de seda que los cubría.
El 11 de junio Marcos viajó hasta Logroño, sabía que Carmen estaba allí para las fiestas de San Bernabé y su éxito comenzaba a ser notorio. Cuatro meses son plazo sobrado para un idilio de juventud, y en su vanidad masculina quiso comprobar si todavía ella mantendría el fuego apasionado que dejó en Madrid.
Al verla de nuevo sintió que su alma dormida despertaba para alcanzar en su plenitud la figura adorada de aquella niña. Observó fascinado el baile apasionado de Carmen, de una fuerza trágica y dolorosa. Fijó la mirada en sus pies, que apenas rozaban el suelo y lanzaban destellos como un faro. Negros, brillantes, perfectos, los zapatos con un bordado rojo le hacían volar sobre el escenario y su sonido era el de un corazón enamorado en penoso olvido.
Marcos esperaba el instante en que los ojos de ella le reconocieran entre los espectadores, y casi con dolorosa impaciencia seguía los movimientos y el hipnótico ritmo de sus zapatos, hasta que creyó ver un súbito resplandor de dichosa sorpresa en su mirada. Por un instante se lloró a sí mismo haberla dejado tantos meses en el olvido. Se dio cuenta de que la había querido siempre, él que creía que había sido un bello espejismo, un capricho, un relámpago de amor en su previsible vida de viajante.
La madre acogió a Marcos aún con más complacencia que meses atrás y permitió que las visitas fueran frecuentes, hasta tal punto que aceptó la proposición de matrimonio. Necesitaba un hombre que se ocupara de la carrera de su hija. Su marido hacía diez años que había fallecido y consideraba a Marcos inteligente y capaz de dirigir los negocios de la familia.
Su luna de miel fue un vacío, un recorrido por la dolorosa melancolía de la soledad. El carácter severo de su marido asomó a las pocas semanas, y descubrió la frialdad de sus palabras y sus silencios. Ella lo amaba mucho, sin embargo. Serio e impasible, Marcos ya no llenaba la habitación de románticos sueños. Pensaba más en los contratos y en los viajes: Barcelona, Milán, Berlín, Londres, París... Carmen se había convertido en la reina de los escenarios, y Marcos gestionaba con gran dedicación su carrera. Él, por su parte, la amaba profundamente, pero apenas un gesto lo daba a conocer.
Cada noche, Carmen se vestía con cuidado ante el espejo. Conservaba la blancura de su rostro y la belleza de unos ojos deslumbrantes. Cada noche limpiaba sus zapatos de baile, los mismos que le regalara Marcos unos años atrás. Los amaba. Acariciaba su piel y su bordado, y recordaba la ilusión del momento de abrir la caja en el tren. Eran su anclaje para actuar, su fuerza, y rompían el estremecimiento que le producía el rígido cielo de amor en el que vivía. Aquellos zapatos se habían convertido en una suerte de talismán que le salvaba del desapacible frío que le causaba su marido: sus niñerías de novia habían quedado heladas en el abandono de sus antiguos sueños.
Deseaba tener un hijo, pero el incesante ir y venir de los viajes y, sobre todo, la ausencia de complicidad de Marcos, hacía que su sentimiento de mujer fuera ahogándose en nostalgias.
Una tarde, en Madrid, acababa Carmen de subir al piso cuando observó que uno de sus baúles no estaba con el resto del equipaje. Habían regresado de una gira y pocos días después comenzarían un viaje por provincias que les llevaría más de dos meses.
—¡Marcos! ¿Has visto el baúl de los trajes?
Tras una rápida mirada al conjunto de maletas y baúles, siguió leyendo sin dar contestación. Al poco volvió la cabeza hacia Carmen, que le miraba fijamente, y observó su rostro demudado en espanto.
—No te preocupes, querida, se habrá quedado en la estación. Mandaré que lo traigan inmediatamente —dijo por fin, cansado.
Pero el baúl no apareció, y con él los trajes, y con él los zapatos de baile, y con él la alegría de su recuerdo.
Desde que no los tenía su humor había ido cambiado y se mostraba sumida en una angustia inexplicable acrecentada por la indiferencia con la que su marido acogió la pérdida.
No fue raro que adelgazara. Tuvo un ligero episodio de ansiedad que arrastró días y días y del que ya no se recuperó nunca por completo. Aún así, Marcos le convenció para iniciar la gira, pero a la segunda semana tuvo que suspender las actuaciones. Carmen no se encontraba bien, su energía se había apagado entre silencios. En Madrid, Marcos le compró otros pares de buenos zapatos de baile, pero ninguno era del agrado de Carmen.
Ante estos fracasos, comenzaron los primeros choques de incomprensión, y entre reproches mutuos el respeto debido se fue perdiendo. Aún así, las inevitables reconciliaciones les hacían sentir, con doble locura, que se amaban.
Al poco tiempo tuvieron un hijo. Creció entre viajes y soledad, ajeno al mundo del espectáculo de sus padres. Le dejaban largas temporadas en Madrid en compañía de la madre de Carmen, mientras las galas, cada vez más difíciles de conseguir, ocupaban su tiempo.
* * *
Aarón era un chico despierto, ágil, estudioso sólo a ratos, bien que no aprobara todo el curso. Pasaba las tardes en la calle, siendo su especialidad saltar por las aceras con su bicicleta. Pocas manos como las suyas para hacer derrapes imposibles. Con más voluntad y esfuerzo hubiera sido un campeón de «trial-sin». Pero a los trece años seguía en la calle persiguiendo coches y soñando con tener algún día un gran deportivo.
Aarón, de cuerpo fino, de rostro exangüe siempre manchado de grasa negra, sin hermanos, prefería pasar el tiempo en la calle más que en la casa triste y oscura de su abuela, llena de recuerdos de viajes, de fotografías de su hija, de trajes antiguos y zapatos de baile.
Sus sueños estaban más cerca de la fantasía que de la realidad, y gustaba de perseguir a toda velocidad el Honda Civic tuneado, de color azul eléctrico, que todos los días aparcaba frente al Instituto.
Cuanto dinero conseguía reunir por la paga de los domingos o lo que le daba de vez en cuando alguno de sus tíos, era para su bicicleta: una amortiguación mejor, unas llantas de carbono, unos pedales de titanio o unos neumáticos especiales para asfalto... Los sábados los dedicaba a desmontar pieza a pieza su máquina, engrasando cada tornillo y limpiando cuidadosamente cada eje, cada radio, la cadena y los frenos. Le gustaba que sus amigos admiraran su bicicleta, única en el barrio, y apreciaran su habilidad y seguridad con ella.
Su abuela, horrorizada por la dedicación que prestaba a la máquina y tan poca a los libros, con el trato diario a la bicicleta llegó a valorar las aptitudes de su nieto, animándole a ingresar en el Club de BMX; pero Aarón prefería pasar las horas en el parque asombrando a las chicas con sus piruetas, saltos y acrobacias, persiguiendo al coche tunning por las aceras y entre los coches estacionados, que «estar en un circuito de tierra con unos miserables bidones de hormigón dando pequeños saltos».
—¡Te vas a matar un día con ese cacharro! —le gritaba su abuela, temerosa.
* * *
Marcos apenas veía a su hijo; siempre estaba de viaje o encerrado en su despacho. Le preocupaban más sus problemas conyugales, a los que se unía la falta de contratos para Carmen. ¿Qué podía haber sucedido? No encontraba explicación. Carmen se encontraba en lo mejor de su carrera. Nunca supo lo qué significaban para ella los zapatos del bordado rojo y la ilusión con la que mantenía vivo el recuerdo del momento de verlos por primera vez en el tren; qué suponía la distancia creciente entre ellos, la soledad interior de Carmen... de manera que no comprendía el estado de desánimo y vacío que se apoderó de ella y que ni siquiera la llegada del ansiado hijo pudo llenar. Antes al contrario, no ver crecer a su pequeño en sus primeros años lo vivió como un fracaso en su vida de madre. Así, se aferraba obsesivamente al recuerdo; era lo que le ayudaba a soportar los viajes, la incesante separación de su hijo, pero sobre todo el glacial afecto de su marido. El baile suponía para ella una liberación con la que expresar la tormenta de sus sentimientos, aunque del furor y vértigo de juventud apenas quedaran rescoldos.
Una mañana de septiembre Marcos recibió una carta. Era una invitación para realizar unas actuaciones en Logroño durante las fiestas de San Mateo. No podía dejar pasar la oportunidad de aceptar unos ingresos, y volver a la ciudad que les unió pensó que devolvería a Carmen la ilusión por bailar. Ya no era la misma, había perdido el candor y la frescura juvenil. Pero bella siempre.
* * *
El Honda Civic se detuvo inesperadamente y la bicicleta que le seguía a corta distancia tuvo que realizar un brusco derrape, quedando cruzada en la calzada, para no golpearle.
—¿Qué pasa, chaval?, casi me das... —dijo entre risas asomando la cabeza por la ventanilla.
—¿Eres idiota o qué? ¡Casi me cargo la bici! —gritaba Aarón mientras miraba el desgaste de su rueda trasera y la traza negra dejada en el suelo.
—¡Ja, ja, ja...!, ¡Venga, no te enfades..! Sabía que conseguirías dominar tu bici. Eres bueno. ¿Por qué me sigues todos los días?
El color de su rostro iba recobrando la intensidad rojiza del esfuerzo después de haber sufrido una repentina lividez.
—Me gusta tu coche... —reconoció un poco avergonzado.
—¿Y no sabes que es peligroso ir detrás de un coche tan cerca?
Aarón guardó silencio.
—Me llamo Jaime. ¿Te apetece dar una vuelta? Te llevo en mi coche.
—¿Sí? ¿Y qué hago con la bici? —dudó.
—Átala a esa señal. Luego te traigo hasta aquí... que no tardamos.
La duda y la sospecha de algo indefinible revoloteó sobre sus pensamientos, pero la atracción del Honda Civic azul era tan intensa que olvidó los consejos recibidos, las precauciones sobre desconocidos, la desconfianza ante invitaciones extrañas, y montó en el coche con la alegría inconsciente de un niño.
—Ponte el cinturón, no vaya a ser que te rompas la cabeza... —decía Jaime entre risas.
Aarón miró asombrado el interior: cuero en los asientos, numerosas luces de colores en el tablero de instrumentos, GPS, vídeo, un equipo de sonido profesional, neones bajo los asientos, y entre ellos, dos botellas de óxido nitroso: «Como los coches de la peli Too fast, too furius...», pensaba. Jaime lo observaba divertido.
—Ya verás... lo vas a flipar... —dijo, mientras aceleraba haciendo chirriar los neumáticos.
—¡180 caballos! ¡Uhhhh...! —gritaba cambiando las cortas marchas del coche con precisión en dirección a la autovía. Aarón se agarraba al cinturón y no decía nada. Era tan intenso sentir la velocidad, los bruscos cambios de dirección al adelantar a algún vehículo bien por la derecha bien por la izquierda, los frenazos, las curvas... que trataba de aprehender el momento.
—¿Qué te ha parecido? —dijo cuando detuvo el coche en el Mirador de Madrid.
Aarón tardó en reaccionar un momento. Había vivido una de las experiencias más fuertes de su vida. La adrenalina le había mantenido alerta, excitado, eufórico. Sonreía sin saber por qué.
Jaime era alto, con un corte de pelo estilo emo, y a sus 24 años ya había conseguido un nivel de vida propio de un alto ejecutivo. Pero él no se dedicaba a las finanzas ni los negocios, al menos en sentido estricto. A pesar de que decía que tenía la carrera de LADE, nunca terminó el bachiller y sus méritos académicos eran más bien exiguos. Destacaba por su palabra y simpatía, su presencia física le abría las puertas de la confianza, aunque su mirada, fría y astuta, delataba su intención, y al joven esta circunstancia no le pasó desapercibida.
—¿Quieres conducir tú? —le preguntó, sorprendiendo a Aarón.
—¿En serio? ¿Me dejarías? —sonreía ilusionado mientras miraba el coche, de un azul reluciente.
—¡Claro!... ya sé que sabes conducir. Además, hoy domingo apenas hay circulación.
—No se... me da cosa...
—Tú te lo pierdes...
—¡Sí, sí... déjame! —suplicó Aarón.
—¡Venga, chaval..! con cuidado, demuestra que sabes llevar algo más que tu bici...
A los mandos del Honda se sintió un piloto de Fórmula Uno. Ajustó el asiento, los retrovisores, la palanca de cambios respondía al mínimo toque y el acelerador era de una sensibilidad extrema. Salió despacio, con miedo de que se le calara el coche, pero una vez adquirió confianza aceleró hasta sentir el asiento pegado a su espalda. Gritaba de emoción mientras Jaime encendía el DVD y hacía sonar a todo volumen el Bleed American de los Jimmy Eat World.
—¡Eh...! No lo llevas nada mal, chaval...
—¿Qué te pensabas, tío?
La ciudad, a esas horas de la mañana aún dormía y la circulación por las avenidas era escasa. Eso permitió que Aarón circulase por el Paseo de Recoletos pasando a derecha e izquierda a otros vehículos a más de 110 km/h. hasta detenerse al final del mismo en un estacionamiento subterráneo. Jaime le indicó que entrara en él por si alguna patrulla de policía los estaba siguiendo, pero la realidad era que quería hablar con Aarón.
—¡Muy bien, chaval! ¿Qué te ha parecido?
—¡Buuff...! ¡Genial! ¡Guay, guay...!
—Oye, ¿te gustaría tener uno como éste?
—¡Qué dices! Si no tengo la edad todavía... ni pasta...
—Vaaaale... no ahora, para cuando cumplas los 18 años.
—¿Y cómo?
—Sólo tienes que conducir como lo has hecho hoy, ¿qué te parece?
—Ah, ¿sí?... ¿Y por qué? —desconfió Aarón.
—Se trata de hacer carreras por la ciudad, se graba en vídeo y se cuelga en internet. Hay récords, vueltas rápidas, circuitos extremos... como un vídeo juego de Need for Speed. Te gustan, ¿no?
—Sí, sí... —apenas podía creer lo que oía. —Pero... eso es ilegal...
Jaime estalló en una gran carcajada.
—A... además... podría tener un accidente...
—Ya veo que todavía eres un niño. No pasa nada. Tú te lo pierdes. Tienes capacidad para ello, y siendo tan joven establecerías un récord difícil de superar... y ganarías mucha pasta. ¿Sabes cuántos se pegan por poder participar? ¿Sabes cuánta pasta puedes llegar a ganar en un mes? Pero no importa... Sí, es ilegal, tienes que saltarte los semáforos, escapar de la poli... ¡Uuuh! ¡Qué miedo!
Las rodillas de Aarón vibraban sin cesar en rápidos movimientos que delataban un estado de tensión que no podía controlar. Un momento de silencio evidenció sus dudas.
—Lo siento... Bien, pues quédate con tu bici haciendo cabriolas para las chicas, igual encuentras alguna que quiera montar contigo. ¿Sabes la de niñas que ligarías con un coche como éste? Pero, bueno, que ya has dicho que no quieres. Una cosa: una sola palabra sobre esto y te mataré.
Le cambió la voz. Su mirada se heló en los ojos del joven. Aarón sintió un escalofrío de miedo.
—Llévame al parque, Jaime... Me lo pensaré —susurró.
* * *
Carmen se veía sumida en una tristeza amarga y no confiaba demasiado en ese regreso a los escenarios. Aceptó el viaje más por complacer a Marcos que por ella.
Como era su costumbre, Carmen dedicaba la tarde anterior a la primera actuación a pasear por las calles y aspirar el aroma del lugar. Logroño estaba cargada de románticos recuerdos de los primeros tiempos de noviazgo, de tantas horas pasadas abrazados en palabras, acariciados por miradas, recogidos en sueños de ilusión o de fuego, en tempranas lágrimas de ceniza. Pero desde hacía varios años cada paseo por las calles de cualquier ciudad era una búsqueda quebrada, una quimera, un dolor, y con su roto corazón abierto se quedaba en cada zapatería mirando los zapatos, largo rato. A veces, entraba y preguntaba por unos de baile, negros, con un bordado rojo alrededor, brillantes... pero ninguno encontraba que le satisficiera. Su marido había aprendido a controlar la impaciencia que le provocaba esta actitud, y para no contrariar a Carmen callaba y asentía en silencio.
Una mujer con lento y difícil paso avanzaba hacia ellos. Tras una rápida ojeada a la persona, Carmen reparó en la caja que a duras penas podía sostener la mujer. Llevaba unos cuantos pares de zapatos, negros y brillantes. Marcos, que sentía la mirada de su mujer, no dijo nada y detuvo su paso.
—Perdone —dijo Carmen —¿Puedo verlos?
—Sí, cómo no, señora... —contestó la anciana.
—Mira, Marcos... Se parecen a... Aunque no son de baile...
—¿De baile, dice? Julio, el zapatero de Portales, puede hacerle lo que desee. Es mi hijo —comentó orgullosa.
—¿Podemos verlo ahora? —preguntó Carmen. Marcos iba a decir algo sobre lo tarde que era, pero prefirió callar.
Julio Herrero tenía cuarenta y dos años, de tez morena y manos trabajadas, poseía una mirada segura y confiada que agradó a Carmen. Su establecimiento era una pequeña tienda en la Calle Portales con un suave olor a betún y a tinte. En las estanterías de madera relucían varios pares de zapatos nuevos.
—¿Zapatos de baile? —repitió la pregunta.
—Hace bastante que no los trabajo... Unos años atrás hice unos pocos pares para una tienda de Madrid... pero dejaron de pedírmelos.
Carmen miró a Marcos. Una súbita sospecha ahogaba su respiración. La detallada descripción que hizo Julio de los zapatos confirmó la sorpresa de haber encontrado a quien creó aquellos zapatos soñados. No se lo podía creer.
—Puedo hacerle unos nuevos como aquellos en tres días.
Tres días era el tiempo que pensaban quedarse en Logroño. Marcos ajustó el precio sin regatear. La hora de actuar apremiaba y, por fin, veía sonreír a Carmen.
* * *
Su abuela apreció algo extraño en Aarón desde el momento en que no le pidió la paga semanal nada más levantarse de la cama, como era su costumbre. La conversación durante el desayuno no solía ser muy interesante, pero ese domingo, Aarón no pronunció una sola palabra. El presagio de que algo le estaba ocurriendo era tan fuerte que se asustó. Dominando su ansiedad pensó en que sería un asunto de chicas: «está en una edad muy mala, y siempre tan solo...», pensó con amargura.
Salió de casa sin decir nada y, aunque el día amenazaba lluvia, cogió su bicicleta y pedaleó con fuerza hacia el parque. Pasó las horas sentado en el suelo junto a su máquina, en silencio, sin ganas de realizar ninguna acrobacia, ausente. Ese día el recuerdo de su madre era tan intenso que le causaba un dolor profundo, agudo y sin consuelo. Era la tristeza una herida abierta naciéndole en la sangre.
Las semanas fueron pasando, y Aarón se sentía cada vez más inmerso en un pozo de angustia. La presión de Jaime era asfixiante y debía dedicar más tiempo a las salidas nocturnas. Apenas iba al Instituto y ya no pasaba las horas en el parque asombrando a las chicas. El dinero que manejaba, excesivo para un joven de trece años, lo ocultaba en su casa. Su abuela, preocupada por la extraña conducta de su nieto, no sospechaba la actividad que desarrollaba. Muchos días le veía salir al atardecer, y se preguntaba a dónde iría ya que la respuesta de éste era un frío «por ahí».
Sin embargo, Aarón se estaba consumiendo; la relación con Jaime se había hecho difícil y se mostraba taciturno y misterioso. Cada vez le exigía más. La primera euforia de sentirse importante, de tener mucho dinero, la admiración de chicas mayores que él, el primer contacto con las drogas, había dejado paso a la duda sobre qué estaba haciendo con su vida. Miguel, su amigo de juegos infantiles, cómplice de aventuras y escapadas, compartía con Aarón el desarraigo de una familia y una vida que veían sin futuro. Unidos también por una pasión por los coches y la velocidad, se hizo piloto como Aarón fascinado por el olor a gasolina, el riesgo, la emoción de sentirse vivo en cada carrera y el brillo del dinero conseguido. La vida era pura adrenalina, intensa, excitante. Pero Miguel sufrió un terrible accidente; quedó paralítico al chocar su coche contra otro vehículo y salirse de la calzada. Nunca más volvió a caminar, hablaba con dificultad y necesitaba ayuda hasta para beber. Su amigo ya no era el Miguel que había conocido. Su triste estado, necesitado y enfermizo, hizo reflexionar profundamente a Aarón. Esa posibilidad le causaba más terror que el morir.
En una ocasión, en plena carrera, absorto en los negros pensamientos que últimamente tenía, dudó un momento y chocó por detrás a una moto, ésta salió despedida hacia la izquierda, cayendo su piloto al suelo siendo arrollado por otro coche. No paró. Aceleró todo lo que podía el Honda y se alejó llorando. Nunca quiso creer que lo hubiera matado y mantenía la esperanza de que viviera. Estuvo varias carreras sin participar, pero al final la presión de Jaime le forzó a continuar.
* * *
Esas noches, Carmen bailó emocionada olvidando tanta frustración acumulada, tanto frío en su corazón, y creyó ver de nuevo en Marcos al joven varonil que le cautivaba cuando el último día se encontró el camerino lleno de flores al final de la actuación.
Una figura de hombre le esperaba dentro. Permanecía en silencio entre la penumbra, y al ir acercándose, sonriente y encantadora, reconoció la silueta.
—¡Julio! ¡Es usted..!
—Sí —sonrió —He visto todas sus actuaciones.
Carmen se detuvo y su tono de voz bajó gradualmente.
—Pero, no debería... —y apartó los ojos, seria ya.
—¿Por qué no? —le dijo mirándola de pleno, con insistencia, hasta que los ojos de ella tornaron fugazmente hasta él.
—Le traigo una cosa.
Le entregó una caja de cartón, blanca, apenas cerrada con un lazo de color rojo.
—Pero, no debería... —repetía Carmen titubeando. Y con cuidado de no romper la cinta, abrió despacio la caja. Unos preciosos zapatos de baile, negros, con un fino bordado en rojo que los rodeaba, de tacón y correa, muy brillantes, relucieron al apartar el fino papel de seda que los cubría.
La honda emoción que se apoderó de Carmen al ver los zapatos hizo que rompiera en lágrimas dejándose llevar por un desahogo largamente esperado. Julio la abrazó suave, inclinó la cabeza y besó tiernamente el blanco cuello.
* * *
Cada viernes, al atardecer, Aarón se acercaba hasta las obras del polígono Galapa, y allí, al inicio del puente aún sin terminar, esperaba a Jaime, que llegaba con su Honda o con otro buen coche. Corría el circuito elegido por los organizadores, que se lo indicaban entonces mismo. A veces se trataba de una competición contra otro piloto: esa modalidad era la más peligrosa, aunque también la más excitante. Aarón ganaba muchas carreras y su prestigio en la red había subido enteros; ya era el tercero en el ranking, aunque la mayor parte de las ganancias se las llevaba Jaime: un sesenta por ciento eran para su manager, como gustaba definirse, pero el que se arriesgaba en el asfalto era él. Jaime le decía que como era menor no le podían hacer nada, ni cárcel, ni puntos... sólo una multa, pero eso se pagaba sin problemas.
Aarón no veía la forma de terminar con aquello. Jaime no le permitía dejarlo. Cuando se lo propuso obtuvo un puñetazo por respuesta.
Sollozaba en su habitación agotado por la angustia de no ser libre, el miedo a quedar paralítico, detenido por la policía... o a matar a alguien más. La visión del dinero escondido no le tranquilizaba, al contrario, era un sufrimiento tenerlo allí y no poder dárselo a nadie. Las consecuencias de vivir así su amigo Miguel se las mostraba, sin pudor, en cada mirada.
No pudo más. Unos días más tarde llamó a Jaime y lo citó en el puente Galapa para esa noche, y apenas pronunció un lacónico «lo dejo» su voz y su vida se apagó. Percibió el fin de su sueño y lloró largo rato.
Agarrado a su bici, bajo la lluvia, llevaba esperando desde las diez sabiendo que llegaría puntual a la cita. Nervioso, estaba dispuesto a afrontar la violencia de Jaime.
Aarón vio acercarse el Honda por la rotonda que daba acceso al puente en construcción.
No había mucha luz.
Furioso, dispuesto a convencer a Aarón como fuera necesario para que continuara con las carreras, aceleró a fondo a la salida de la rotonda. El rostro de Aarón adquirió de pronto una dureza de piedra y lanzó un grito desgarrado mientras agitaba el brazo, estremecido de miedo.
Jaime no lo vio.
El puente tenía embalsada una gran cantidad de agua.
* * *
Desde la puerta, Marcos observó la escena: su mujer abrazada a otro hombre, llorando en la oscuridad, los zapatos en su mano, las flores... Ninguno de los dos le había visto. Cegado por los celos, avanzó en el camerino. El sonido de sus pasos les sorprendió y se volvieron asustados. A pesar de la poca luz que había, los ojos de Marcos brillaban desesperados.
—¡Marcos! ¡No...! —gritó Carmen, y sus ojos se helaron de horrible presentimiento.
Marcos empujó violentamente al zapatero hacia el fondo, y gritó de rabia. Carmen, corriendo a su vez, se interpuso:
—¡Déjalo! ¡Déjalo!
Pero Julio ya había cogido el hierro del brasero y lanzó un terrible golpe por encima de su cabeza. Se oyó un gemido y un cuerpo se desplomó en el suelo.
El sonido fue tan fúnebre que el corazón de Carmen permaneció siempre aterrado.
—¡Marcos! ¡Mi Marcos! —repetía enloquecida, mientras echaba sus brazos sobre la cabeza inerte y se hundía en ella en un ronco suspiro.
* * *
«El coche, que circulaba a una velocidad excesiva, patinó en un charco de agua y se salió de la carretera cayendo por el puente. Su nieto fue el primero en socorrerle, gracias a él su conductor vive todavía». La policía explicaba a la abuela de Aarón lo ocurrido mientras él, silencioso y con la mirada perdida, llevaba la bicicleta a su habitación.
* * *
Como todos los días, Aarón entró en el patio donde sentada en un banco estaba Carmen Ledesma. Caminaba despacio hacia ella, y al mirarla descubría a una mujer que amó en carne viva.
Tenía los ojos siempre fijos en el suelo, cubierta por un mundo de soledad. Sus manos mostraban sin pudor el dolor sufrido.
El patio era de césped muy cuidado, cercado por una tapia amarilla. El banco quedaba paralelo a la puerta de la casa, junto a un macizo de flores.
La luz del mediodía iluminó de blanco el rostro de la anciana cuando levantó la cabeza, sin reconocer a su hijo. Sus ojos casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo. Empapó sus labios de glutinosa saliva y movió una mano hacia la caja de cartón blanco que reposaba sobre la hierba. Apartó un fino papel de seda que la brisa removía y se mostraron dos zapatos de baile de cuero negro, con un bordado en rojo que los rodeaba, de tacón y correa, muy brillantes, antiguos.
Y allí se mantenía inmóvil mirando los zapatos, largas horas.
Primera obra de este Blog de Narrativa. Gracias a Teodoro López Basterra, un prolífico autor con una calidad que salta a la vista.
ResponderEliminar¡Gracias! Me alegro de que guste esta historia doble.
ResponderEliminarComo no podía ser de otra forma, Teo nos deja en este excelente relato, una muestra más de su indudable calidad literaria. Felicidades, compañero.
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